Bolivia: asalto contra un pueblo

Ana Cristina Bracho | Noviembre 11, 2019

En América Latina, la historia se mueve a su propio ritmo.

El 10 de noviembre de 2019 quedará inscrito como una fecha terrible para la historia de América Latina y  para todos quienes creemos en el derecho de los pueblos a escoger sus gobernantes, sus Constituciones y que quienes les dirijan se parezcan a los gobernados.

La situación de Bolivia demuestra muchas cosas. En primer lugar, que la deposición de un líder puede agendarse incluso cuando tenga un alto respaldo popular, grandes indicadores económicos o que su gobierno sea el momento de mayor reivindicación de derechos de la población de un país.

En estos últimos días también hemos observado el tamaño de un hombre que deja la Presidencia intentando que su sacrificio evite que las mujeres humildes sean golpeadas cómo lo han sido en las últimas semanas, así como lo que se presenta como unas protestas por resultados electorales es  una acción centrada en  un discurso racista.

Al verlo, pienso con Memi sobre cómo son las sociedades que sufrieron la Colonia o con Fanon, sobre el mundo periférico e ignorado de nuestros pueblos para intentar entender cómo ocurren estos actos espantosos, cómo se manipula a las masas y se las lleva a caminar senderos que van hacia sus propios Apocalipsis.

En esta América Latina nuestra, el proceso permanente de dominación foránea se mantiene en parte a través de fomentar el desprecio de un pueblo por sus propios miembros.  Un tema especialmente fuerte en las clases medias que parece que se alimenta, en las bonanzas progresistas, sobre la esperanza de finalmente dar ese paso -que en su percepción es solo una pequeña distancia- que los separa de ser gente realmente influyente.

Lo decía Neruda, antes de avanzar a tomar el poder en Chile fue necesario convencer a los chilenos que en ese país no había nada que salvar, ni siquiera la especie. En Venezuela, ya en los años cincuenta, Briceño Iragorry explicaba que la promoción del american way of life era ante todo un proceso mediante el cual se dominaba sin invadir porque los consumidores, por ellos mismos y sin importar su nacionalidad, eran agentes de los intereses extranjeros.

Todas estas ideas nos permiten entender que en América Latina, la historia se mueve a su propio ritmo, con las condiciones una sociedad post-colonial que intenta avanzar y que muchas veces sólo el derecho a existir es una verdadera reivindicación.

Hoy todas estas ideas están mezcladas en mí. No tan sólo porque hoy se dio un Golpe de Estado en Bolivia, uno clásico por demás. Recordemos que Evo fue conminado a renunciar por la amenaza de los militares y que antes sus Ministros renunciaron al ser asediadas sus familias. Ahora, hay un vacío de poder por la declarada persecución de todos los integrantes del Estado y del Partido de Gobierno.

Sin embargo, si los Golpes de Estado de los Estados Unidos avalados por la OEA son una triste escena repetida en América Latina, en este caso tenemos que ver algunas cosas. Primero, la amenaza cierta a la vida de Morales y García Linera tras un extraño evento con un avión, luego, con una hipotética orden de captura que no emite un fiscal sino un autoproclamado líder que parece un llamado a estos sectores extremadamente violentos a que ubiquen a Morales y sean ellos quienes decidan qué hacer.

Es decir, existe un proceso general de criminalización de una postura política y de una pertenencia étnica porque nadie puede pensar el caso boliviano, los gobiernos de Evo sin entender la mejoría macroeconómica pero sobretodo el empoderamiento de las clases históricamente desposeídas, no en términos marxistas sino en una sociedad principalmente indígena en la que se mantuvo la distancia social entre blancos e indios

Una donde además el Presidente depuesto está ejerciendo un período presidencial previo al que le cuestionan y que, según los datos emitidos hace  unas semanas tiene un apoyo popular suficiente para ganar elecciones en primera vuelta, lo que nos explica un proceso popular de resistencia que comienza a verse  y la violencia contra los líderes que deben ser tomados de inmediato para consolidar la acción.

Tomado el Palacio de Gobierno, el tema simbólico demuestra que es un Golpe restaurador de la antigua sociedad del privilegio. Se quema la bandera que une un Estado en una sociedad pluricultural y se ubica una Biblia. Un acto que rememora todos los relatos de la colonia, donde al indio le quitaron la riqueza y le dejaron el evangelio pero que también parece probar que la estrategia es una figura que toma el poder sin los votos, sin ser militar o sin tener una opción constitucional para tomarlo. Aquí, la historia se parece al intento que desde enero se ha hecho en Venezuela.

Pero en el fondo, Luis Fernando Camacho es, según reportan los medios, una figura extremadamente parecida a Bolsonaro, que parece conveniente para enfriar los movimientos sociales y garantizar intereses económicos foráneos quizás sobre la Amazonía donde empezó a evidenciarse todo el entramado de financiamiento y de figuras que se preparaban para escenas como las que en este mes de noviembre hemos visto.

Si la guerra es un negocio, los golpes de Estado también lo son y en este 2019 vemos como América Latina parece en Venezuela y en Bolivia mantener o perder el derecho de los pueblos a decidir quién los gobierna.

Ahora no creo que en este caso el asunto se limite a la afirmación o negación del derecho a la autodeterminación de los pueblos sino que va más allá, es el derecho de los pueblos a elegir, a que sus votos valgan lo que se juega ante una terrible estrategia.

Parece que asistimos a una locura como un tutelaje para “rectificación de elecciones” a favor de  los países hegemónicos y sus satélites, demostrando que esta no es una hora entre izquierdas o derechas sino entre libertad o barbarie, entre independencia o neocolonialismo, entre  ciudadanos iguales que eligen gobernantes o simples espacios donde otros designan agentes y procónsules.

«Si la guerra es un negocio, los golpes de Estado también lo son» .