Cuarentena (V): La lógica de las tres minorías

Reinaldo Iturriza | Noviembre 17, 2019

«El pueblo boliviano ha permanecido en las calles resistiendo al régimen dictatorial».

Pasando revista de los distintos relatos sobre la situación de la economía venezolana, apuntaba que estos tendían a estar subordinados a la lógica de las tres minorías. Acto seguido, intentaba dar cuenta de las implicaciones políticas de esta circunstancia, y de algunos de los riesgos y desafíos que entraña.

Cuando escribía aquellas líneas, el Gobierno boliviano, victorioso en las elecciones presidenciales del 20 de octubre, todavía hacía frente a las tentativas para derrocarlo. Consumado el golpe de Estado, el pueblo boliviano ha permanecido en las calles resistiendo al régimen dictatorial, exigiendo el retorno de la democracia. La derecha supremacista que recién ha asaltado el poder, tan impresentable como su par venezolana, ha respondido con un esfuerzo sistemático por aniquilar simbólicamente tanto a Evo Morales como al pueblo que le respalda, y con una feroz represión que ya ha dejado más de una veintena de asesinados. Los gobiernos que se han apresurado a reconocer a la dictadura, incluido el inefable “presidente interino” venezolano, por supuesto guardan un ominoso silencio respecto de estos crímenes.

En tal contexto, considero necesario hacer algunas precisiones sobre lo que he llamado la lógica de las tres minorías, señalando, en líneas generales, la manera como ésta se expresa en los casos venezolano y boliviano.

Antes que nada, habría que recordar que la política son relaciones de fuerza. La política radicalmente democrática consiste, entre otras cosas, en la acumulación de fuerzas suficientes para garantizar la legitimidad del proyecto transformador. Para decirlo con Chávez, construir legitimidad pasa por convencer, no por imponer. En eso consistiría, fundamentalmente, la democracia socialista del siglo XXI.

El ejercicio de la política subordinada a la lógica de las dos minorías es lo que ocurre cuando líneas de fuerza al interior de las dos grandes fuerzas históricas en pugna abandonan la tarea de convencimiento de las mayorías populares, y se limitan a la diatriba por el poder. Entonces, el poder pasa a concebirse como un fin en sí mismo, y ya no como precondición para la democratización radical de la sociedad, proceso a través del cual las mayorías populares comienzan a ser capaces de hacer ejercicio efectivo de su poder.

Si la política radicalmente democrática es, por definición, una política agonística, que no solo no rehúye el conflicto, sino que lo reivindica como motor de la transformación social, la política subordinada a la lógica de las dos minorías es un remedo de conflicto, su versión caricaturesca.

Afirmar que existe un tipo de ejercicio de la política subordinada a la lógica de las dos minorías no significa en lo absoluto suscribir la teoría de los dos demonios. Durante los años 70, en Argentina, algunos autores defendían la idea de que la dictadura militar era la resultante inevitable de la caotización política, cuya expresión más nítida era el conflicto armado entre dos demonios: la guerrilla izquierdista y los grupos ultraderechistas.

En el caso venezolano, y también en el boliviano, suscribir la teoría de los dos demonios es lo que hace una tercera minoría, más minúscula aún, que equipara a las dos fuerzas en pugna, denuncia la polarización política y clama por la necesaria despolarización. Esta tercera minoría parece orbitar alrededor de las otras dos minorías, aunque en realidad termina cediendo a la fuerza de atracción de una de ellas, como ya veremos.

El detalle está en que, cuando se confrontan dos grandes fuerzas históricas, como en efecto sucede hoy día en Venezuela, la política es necesaria e ineludiblemente polarizada. Ante cualquier signo de crisis de polarización, a las fuerzas comprometidas en el ejercicio de una política radicalmente democrática les corresponde repolarizar el conflicto y no despolarizarlo.

Repolarizar el conflicto político significa que éste vuelva a expresar los intereses, anhelos y aspiraciones de las mayorías populares, y no simplemente los intereses de líneas de fuerza minoritarias a lo interno de las dos grandes fuerzas históricas: en el caso venezolano, chavismo y antichavismo. Significa, por tanto, dar cuenta de la falsa polarización, no conformarse con la política reducida a la lógica de las dos minorías.

El problema con esta tercera minoría “despolarizada” es que, en lugar de impugnarla o cuestionarla radicalmente, termina reforzando la lógica de las dos minorías, básicamente de dos maneras: 1) al pretender igualar al Gobierno con las fuerzas que pretenden derrocarlo, lo que invariablemente termina manifestándose como críticas e invectivas dirigidas fundamentalmente al primero, prácticamente salvando de cualquier responsabilidad a las segundas, “que solo hacen su trabajo”, con lo que legitiman por la vía de facto cualquier tentativa destituyente: los dos demonios terminan siendo solo uno; y 2) al reafirmarse en su condición de minoría testimonial casi como una cuestión de principios, sin voluntad alguna de construir mediaciones políticas con las mayorías populares, en nombre de las cuales, no obstante, hablan. Es, en consecuencia, una minoría sin voluntad de poder real, cuyo propósito último pareciera ser el de hacer el papel de juez del poder realmente existente, con una asombrosamente miope predilección por el Gobierno.

El golpe de Estado contra el Gobierno de Evo Morales en Bolivia ha puesto al descubierto las miserias de ciertos intelectuales y militantes de izquierda que no solo atribuyen la responsabilidad de la derrota al propio Evo y a las fuerzas mayoritarias que lo respaldan, mencionando apenas, como si se tratara de un dato anecdótico, a la minoría supremacista que desconoció su victoria electoral, con evidente respaldo del imperialismo estadounidense, sino que incluso llegan al extremo de negar la existencia de un golpe de Estado. Esta situación ilustra muy elocuentemente los graves extravíos en que puede incurrir una minoría “despolarizada”.

Repolarizar el conflicto pasa por un ejercicio de la política que no esté subordinado a la lógica ya no de dos, sino de tres minorías, que pretenden un monopolio de lo político en general y de la crítica en particular, siempre de espaldas a las mayorías populares. Y es en este último aspecto en el que considero necesario concentrar la atención.

De nuevo, la política son relaciones de fuerza. Y una política radicalmente democrática consiste en convencer a las mayorías. Contario a la posición de los más escépticos, defiendo la idea de que el chavismo demostró con creces, y de manera reiterada, que es posible el ejercicio de una política eminentemente popular, con vocación de construcción de hegemonía democrática, para decirlo una vez más con Chávez.

El lugar de enunciación de la crítica del oficialismo, como he denominado al conjunto de líneas de fuerza a lo interno del chavismo propensas a la lógica de las tres minorías, habrá de ser siempre el lugar que ocupan las mayorías populares, que no es, bajo ninguna circunstancia, el lugar que ocupa ninguna de las otras dos minorías. Tanto la crítica que se identifica con la minoría supremacista que pretende asaltar el poder, como la que suscribe la teoría de los dos demonios, nada más que para terminar demonizando al Gobierno, son completamente ineficaces políticamente.

De lo anterior se desprende, igualmente, que la crítica del oficialismo no puede suplantar a la crítica de las otras dos minorías. No precisamente porque el oficialismo sea el “mal menor”, sino porque, aun cuando las tres minorías son esencialmente antipopulares, ninguna es más radicalmente antidemocrática que la minoría antichavista, profundamente clasista, racista y neoliberal.

¿Será necesario señalar que la ausencia de crítica al oficialismo es igualmente ineficaz? Más que ineficaz, es mortal: es cavar nuestra propia tumba. Y la experiencia desdice de la vocación de sepulturero de lo más lúcido del chavismo.

Más allá de la crítica, en general el ejercicio de la política radicalmente democrática, asumiendo que no hemos renunciado a la voluntad de poder, pasa por identificarse plenamente con las mayorías populares, que por cierto está muy lejos de ser una simple abstracción.

Identificarnos, reconocernos como parte de las mayorías populares, exige una interlocución fluida y permanente, que será necesariamente conflictiva: escucharlas, acompañarlas en lugar de creernos llamados a “protegerla”, comprender de dónde obtiene sus fuerzas, pero también asimilar su profunda rabia, las razones de su desafiliación identitaria. Al debilitarse una relación de interlocución con tales características, al punto de hacerse casi inexistente, se produce una crisis de polarización. Si no estamos convencidos de la necesidad de interlocución con las mayorías populares, ¿cómo seríamos capaces de convencerlas?

Una crisis de polarización mal conducida induce el debilitamiento progresivo de las fuerzas revolucionarias, y eventualmente el fortalecimiento de las fuerzas reaccionarias. No necesariamente es el caso venezolano: el defecto de origen de la minoría antichavista, que consiste en su naturaleza radicalmente antipopular, le ha impedido una y otra vez capitalizar el malestar popular.

En todo caso, la crisis de polarización puede llegar a ser tan profunda que abone el terreno para que la minoría antichavista asalte el poder, en cuyo caso tendríamos que hacer exactamente lo mismo que estamos llamados a hacer hoy día: repolarizar, recomponer fuerzas para ser capaces de construir un poderoso polo de fuerzas patrióticas, nacionales y populares, que nos permita llevar adelante el proyecto de radicalización democrática de la sociedad venezolana. Todo lo demás, incluidas las lamentaciones, la crítica reducida a la distribución de culpas, la observación pretendidamente equidistante, es una absoluta pérdida de tiempo.

Preservar el poder a toda costa, evitando que la derecha retome el poder, o repolarizar: tal cosa es un falso dilema. Repolarizar, esto es, que la política vuelva a expresar los intereses de la mayoría de la población venezolana, no solo es la mejor garantía para preservar el poder político, y por tanto la vía más eficaz, sino que es la única forma de ejercicio de la política que le da sentido a la permanencia en el poder.

Si repolarizar es lo que hay que hacer en el campo de las relaciones de fuerza, en el caso específico de la discusión sobre la economía lo que corresponde es repolitizar, y el objetivo no puede ser otro que una política económica al servicio de una política radicalmente democrática.

La política radicalmente democrática es, por definición, refractaria a los reductos, a los espacios cerrados, a las cúpulas, a los encuentros donde solo dialogan los convencidos, y que por tanto refuerzan el desencuentro con lo popular; a los soliloquios, a los diagnósticos autocomplacientes salpicados de falso heroísmo, a los discursos que exigen lealtad a un pueblo que ha demostrado sobradamente ser leal con la manera de hacer política que aprendió junto con Chávez.

Debemos repolarizar, repolitizar y, agregaba Chávez, reforzando simbólicamente la primera de las tareas: reunificar. De hecho, tal vez valga la pena retomar el término que empleó antes de terminar inclinándose por este último: recuperar. Ubicarnos en el lugar de las mayorías populares, y recuperar, hacer y defender desde allí la única política que tiene realmente sentido: aquella en la que el pueblo es protagonista.

@ReinaldoI