¿Y si pensamos el derecho laboral?

Ana Cristina Bracho | Noviembre 26, 2019

«El trabajo necesita leyes que lo protejan».

Cada día asisten menos usuarios a los tribunales laborales. Esta afirmación no es producto de una publicación estadística de los tribunales sino una comprobación de todos los que formamos parte del foro de los abogados y abogadas en el país. Este tema es uno de esos que es una consecuencia pero que también advierte que tenemos cosas que replantear.

La ausencia de demandas y el abandono de las causas laborales suele entenderse tomando en consideración la impactante pérdida de valor de la moneda en Venezuela. Con los bienes cambiando de precio todos los días y con la lenta actualización del salario parece que trabajar no tiene objeto y mucho menos exigir el cumplimiento de las condiciones contractuales o legales porque el mismo transcurso del juicio se comerá sus beneficios. Por eso es que, sencillamente, la pérdida de valor del bolívar termina generando la pérdida del valor del trabajo.

El trabajo es, como todos sabemos, el único recurso económico que tienen las personas que no son propietarias de medios de producción y merece, porque los pueblos así lo exigieron, una protección legal y social suficiente para evitar el hambre y la enfermedad de los trabajadores.

Por eso, el trabajo necesita leyes que lo protejan pero también requiere tribunales que velen porque se apliquen, que castiguen los incumplimientos y que en definitiva, sean una garantía real y no formal de los derechos de los trabajadores.

En todo el mundo, pasando hasta por las conferencias de la OIT, hay un estado de alarma por el acelerado cambio del mundo laboral. La gente trabaja cada vez menos y vende cada vez más servicios. Con ello, sólo son competitivos los que tienen recursos técnicos, profesionales y financieros para emprender; y, terminan estando en estados aún más precario los trabajadores menos calificados o con situaciones legales irregulares.

Por eso algunos señalan que se trata de este verdadero fenómeno de decrecimiento de derechos que representa el internet y del triunfo simbólico del neoliberalismo a nivel mundial. Porque hay una nueva mentalidad que piensa que trabajar, ir a la oficina, tener un horario, cotizar en el seguro, son cosas de viejos, y, que es el tiempo de los “socios” que ponen sus conocimientos, se actualizan, se especializan y pagan ellos mismos sus carros, sus escritorios, sus hojas de papel y sus computadoras.

En Venezuela, la reforma laboral de 2012 nació con un ala herida, sus principios e instituciones llegaron al tiempo que aumentaba la distorsión económica y que el trabajo formal se fue volviendo cada vez más insuficiente. Por ello, la posibilidad de gozar de las nuevas prerrogativas, del nuevo tiempo de descanso o de la ampliada estabilidad laboral se vio coartada.

Entonces vale la pena preguntarse qué hacemos, cómo lo hacemos, para recuperar la dignidad del trabajo, para entender que los ataques al país no se quedan en la afectación al Estado sino que han colocado a los trabajadores y a las trabajadoras en el marco de una emergencia económica de iguales o mayores dimensiones que la que afecta a la Administración Pública, al tiempo que no somos un elemento aislado del mundo donde el trabajo también sufre todas estas precarizaciones que hace veinte años eran impensables.

Este artículo es tan sólo una invitación a pensarnos desde las realidades concretas. A mirar si requerimos determinar alguna forma de compensación, de autorización extraordinaria para permitir que los trabajadores y trabajadoras se mantengan en sus puestos de trabajo; si debemos repensar el concepto de salario, o, finalmente, si necesitamos rediseñar toda la lógica de la justicia laboral. Este ejercicio me resulta al día de hoy la única manera de que sea real la irrenunciablidad de los derechos y la progresividad de los mismos cuando, a todas luces, se ven amenazados por la inercia.-